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CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
 
2560 "Si conocieras el don de Dios" (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El, (cf San Agustín, quaest. 64,4).
 
2561 "Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva" (Jn 4, 10). Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja del Dios vivo: "A mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas" (Jr 2, 13), respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación (cf Jn 7, 37–39; Is 12, 3; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único (cf Jn 19, 28; Za 12, 10; 13, 1).

Una exégesis del magisterio papal enfatiza que la sed de Jesús es una sed de dar, de desbordar las aguas vivas sobre la humanidad. En consecuencia, a los ojos de la Iglesia esta sed no indica primariamente una carencia o una necesidad en el hombre-Dios, sino una superabundancia, un lleno tal del amor divino que Jesús desea vivamente desbordarlo hacia la humanidad.

Las referencias magisteriales sobre la sed de Jesús son pocas y bastante recientes, principalmente hechas por Juan Pablo II en 1988, 1989, 1993, y 2002, y en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica. Tales referencias son concisas y directas; tocan los aspectos redentivos y revelatorios de las expresiones de sed de Jesús, y afirman la nota esencial del deseo divino y amor ardiente contenido en la metáfora bíblica.

Juan Pablo II afirma que:
con esas palabras (“Tengo Sed”), Jesús confirma el ardiente amor del Salvador y revela la profundidad de su deseo de “abrir para todos las fuentes de agua”, para saciar la sed del hombre por Dios” [1].

Comentando directamente sobre Jn.19:28 en la Audiencia General el año siguiente, el Santo Padre decalara: 
En la Cruz, en el momento que todo se ha consumado, en el momento en el que de hecho Él es glorificado, el fuego del amor ha penetrado en las profundidadesdel corazón del ser de Jesús, de suerte tal que, por el poderoso movimiento interior de Aliento divino, Él grita desde las profundidades, “Tengo Sed” (cf., Sal. 130:1,2). Pero también uno puede decir ahora que es ahí, en las profundidades de su ser, que el fuego del amor divino se encuentra con las aguas de vida divina para así liberarlas sobre la humanidad sedienta de salvación [2].

En la fiesta de Pentecostés del año 1997:
Encontrar al Cristo “viviente” significa también encontrar al Cristo que tiene “sed” de salvar almas (cf. Jn.19: 28). Y para saciar la sed del Dios Amor y también nuestra propia sed, no hay otro camino que el de amar y permitirnos ser amados. Amar, asimilando profundamente el ardiente deseo de Cristo de que “todos los hombres se salven” (1 Tm 2:4). Permitirnos a nosotros mismos ser amados, permitiéndole a Él usarnos conforme a“sus caminos que no son nuestros caminos” (cf. Is 55:8), para que todo hombre y mujer en la tierra puedan llegar a conocerlo y sean
salvados [3].

Más recientemente, el mismo Santo Padre ha comentado el Evangelio de la Mujer Samaritana durante el tercer domingo de Cuaresma, haciendo referencia a la sed de Jesús en este otro contexto joanino:
"Cristo le pide a la mujer: “dame de beber” (v.7). Su sed material simboliza una realidad mucho más profunda: expresa su ardiente deseo de que su compañera de diálogo y sus compatriotas se abrieran a la fe. Cuando la mujer samaritana le pide agua a Cristo, básicamente está revelando lanecesidad de salvación presente en cada corazón. Y el Señor es revelado como aquel que ofrece las aguas vivas del Espíritu que satisfacen para siempre la sed infinita (sic) de todo ser humano…. La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma presenta un espléndido comentario sobre el episodio joanino, cuando dice en el prefacio que Jesús estaba “tan profundamente sediento” de la salvación de la mujer samaritana, que “Él encendió en ella la flama del amor de Dios [4].

Y más adelante en la misma homilía:
Aún hoy Jesús sigue “teniendo sed”, es decir, a desear la fe y el amor de la humanidad” [5].

La intervención papal que más tocó a Madre Teresa estaba contenida en el mensaje del Papa para la Cuaresma de 1993:
"Los invito en esta Cuaresma a meditar sobre la Palabra de vida que dejó Cristo a su Iglesia para iluminar el camino de cada uno de sus miembros. Reconozcan la voz de Jesús que te habla especialmente a ti durante esta temporada de Cuaresma. Escucha la voz de Jesús quien, cansado y sediento, le dice a la samaritana junto al pozo de Jacob: “dame de beber” (Jn.4:7). Mira a Jesús clavado en la Cruz, muriendo, y escucha su desfallecida voz, “Tengo sed” (Jn.19:28) [6].

 


[1] Juan pablo II, Audiencia General; 30 de noviembre de 1988, en L’Osservatore Romano edición semanal, 5 de diciembre, 15.

[2] Ver Jn. 19:28; 19:34; 7:38-39; DM no.7; Juan Pablo II, Audiencia General del 30 de noviembre de 1988, Juan Pablo II, Audiencia General del 6 de septiembre de 1989 en Padre Misioneros de la caridad, Suplemento de los Documentos del Carisma (Tijuana, México: Missionaries of Charity Fathers, 1990), 40.

[3] Juan PabloII, “Todos están llamados a ser auténticos apóstoles” L’Osservatore Romano, Edición Semanal, 4 de junio de 1997, 7.

[4] Juan PabloII, “Él Señor ofrece las aguas vivas del Espíritu para saciar nuestra sed”, L’Osservatore Romano, Edición Semanal, 6 de marzo del 2002, 1.

[5]Ibíd.

[6] J uan PabloII, Mensaje de Cuaresma de 1993, “¡Recordad al sediento!”, L’Osservatore Romano, Edición Semanal, 17 de febrero de 1993, 1, 17.