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Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido,

para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed».

Había allí una vasija llena de vinagre.

Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre

y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo:

«Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu. 

[Juan 19:28-30]

El grito de sed de Jesús expresa no tanto la sed física asociada a la crucifixión, sino el infinito deseo amoroso, o “sed”, del hijo de Dios por la salvación y por el compartir pleno en la vida de la Trinidad.

Esta interpretación de la sed de Jesús, al mismo tiempo que sirve como fundamento para este nuevo carisma dado a través de Madre Teresa, no es nueva en sí misma. Ya había sido utilizada por los Padres de la Iglesia (Agustín y Bernardo en el oeste; Gregorio Nacianceno en el este); por Doctores de la Iglesia (Tomás de Aquino y Catalina de Siena); por santos y escritores espirituales (San Roberto Belarmino y Juliana de Norwich, entre muchos otros) y, por último, por el propio Magisterio (particularmente en la persona de Juan Pablo II).

Hablar de la “sed” de Dios no implica una carencia en la divinidad. Por el contrario, es una imagen de la excesiva plenitud del amor de Dios – un amor que anhela atraernos hacia el abrazo divino, incluso al precio de la sangre de Cristo.

Jesús en la Cruz en Jn.19:28

El primer aspecto que se hace evidente al analizar el lamento de sed de Jesús en la Cruz (Jn.19:28), es que, como afirma Madre Teresa, Su intención primaria no era la búsqueda de agua para beber – aún cuando su sed física puede haber sido tremenda ( y así puede decirse que sirvió como una expresión más amplia de su sed interior). En ningún momento, y particularmente no en este “bautismo” que Él anhelaba cumplir, se había quejado de sus necesidades personales [1]. Con estas palabras Jesús estaba señalando un misterio más allá del dolor físico de Su pasión [2].


De todas las palabras que Jesús pronunció en el Calvario, éstas son las únicas que Juan pone por separado, como si estuvieran, con su propio prefacio, relacionadas con la conciencia interior de Jesús y Su intención al pronunciarlas: “sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.» [3]. Los biblístas concuerdan en que de entre las referencias posibles, Juan señala al pasaje del mesiánico Salmo 69: “Espero compasión, y no la hay, alguien que me consuele y no encuentro ninguno..., en mi sed me han abrevado con vinagre” [4].

La primera conclusión que puede extraerse de este verso [5] con relación a Jn.19:28, es que la sed de Jesús en la Cruz está dirigida principalmente a la humanidad. El salmo que Juan conecta de manera directa con la Pasión de Jesús, refiere proféticamente los sufrimientos que tendría que soportar el Mesías. La primera parte de los versos pareados en cuestión, hablan de su anhelo por el amor de su pueblo: un amor desinteresado; un amor por su propio bien, expresado como “simpatía” o “compasión” [6]. La segunda parte compara los sufrimientos y el rechazo que el Mesías habría de soportar cuando se le niega el agua a un hombre sediento, añadiendo que, en su lugar se le ofreciera vinagre: “en mi sed me han abrevado con vinagre”.

Al comunicar las palabras de Dios a Israel, los profetas pronunciaban las palabras y las actuaban simbólicamente. Jesús, sumo sacerdote y profeta, hace lo mismo. Él dice la primera parte de “la palabra”; la segunda, la lleva a cabo con acciones para expresar más claramente las palabras que acaba de pronunciar: “Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”. (Jn.19:29) [7]“… uno de los soldados le atravesó el costado y al instante salió sangre y agua” (Jn.19:30).[8]
Examinadas aquí brevemente a la luz del dabar de palabra y obra de Jesús, el análisis bíblico parece confirmar y enriquecer la intuición básica de Madre Teresa con respecto a la palabra de sed de Jesús desde la Cruz.

Pero tan importante como el hecho de estar sólidamente apoyada en las escrituras, para ella, su mayor seguridad provendría del apoyo dado a sus convicciones por parte del magisterio de la Iglesia, como se muestra a continuación.
  

 


[1] Antes bien sirvió a la causa de la revelación y redención: “Él estaba sediento de la consumación de nuestra redención. La escritura había predicho su sed y, por lo tanto, Él mismo se relacionó con ella, ya que de otra forma no habría sido posible saberlo al decir “Tengo Sed” (Matthew Henry, Complete Commentary on Sacred Scripture) – Nota de la traductora.

[2] ¿Está expresando Jesús sólo su “sed” filial por el Padre, o está verbalizando sólo la sed de la humanidad por Dios? Seguramente Jesús está revelando nuestra pobreza espiritual y su solidaridad total con nosotros en esta pobreza y, al mismo tiempo, su propia naturaleza de Hijo anhelante por el Padre. Sin embargo, el propósito principal de Jesús durante su vida, pero especialmente en el Calvario, era revelar al Padre para nuestra salvación y su gloria, para “hacer presente al Padre como amor y misericordia”. Incluso al revelarse a sí mismo y a su propio amor, el Hijo revela al Padre al ser su imagen perfecta. Cada una de sus acciones revelan al Padre, cada palabra dicha es “en nombre de aquel que me ha enviado”. “Lo que le he escuchado decir es lo que digo al mundo”. Pero, a lo largo de su vida y especialmente aquí en la Cruz, “ellos no entendieron que estaba hablando de su Padre”. Jesús pronunció la palabra de sed que le había sido dada por aquel que le envió, pero el mundo no entendió que estaba hablándole de Su Padre. En este momento de amor ilimitado, Él representa y revela el amor sin límites de la Trinidad. Jesús, especialmente en la Cruz, es la expresión, la “Palabra” del amor del Padre – para la cual Su “sed” fue divinamente escogida como imagen de esa hora suprema. Si cada palabra que Jesús pronunció fue dada por el Padre, revelada por el Padre y “hace presente al Padre como amor y misericordia” – cuánto más sus palabras desde la Cruz – el único momento referido como “ la hora del Padre” y el único al cual se refiere Jesús como “gloria”.

[3] Estas palabras sellan, como si fuera la consumación de la misión de Jesús y la consumación de una parte específica de la Escritura – de aquella que por su conexión, arrojara luz sobre la proclamación de sed de Jesús.

[4] Sal.69: 20‑21

[5] los cuales Jesús ha citados y cumplido ambos.

[6] Aún cuando, al final, el amor por el cual tiene sed es por el bien de la humanidad, ya que en sí permite al hombre “permanecer en su amor”.

[7] Por una parte tenemos ante nosotros la iniciativa divina: el amor de dios por el hombre que encuentra su máxima expresión en la Cruz. En la otra, la respuesta de la humanidad: el acto de la humanidad de rechazar el amor de Dios, encontrando su máxima expresión en la misma Cruz. Aquí el extremo del amor de Dios y el extremo del rechazo por parte del hombre se tocan y mezclan en el mismo evento: por el encuentro de la palabra de Jesús “Tengo Sed”, por el acto de darle vinagre en su sed. En esta breve escena todo se revela. Es un camafeo de la historia entera de la salvación: el insondable amor de Dios, desde la creación hasta el calvario, saliéndole al encuentro el igualmente insondable rechazo por parte del hombre Pero en su inmenso amor, en su sed por nosotros, Dios no se aleja de nuestro rechazo - Jesús “no baja de la Cruz”. Como nos dice San Juan (Jn.19:30), cuando se le acerca el vinagre a los labios, Jesús no lo rechaza, Él bebe el vinagre. Este no fue un acto sin sentido o inadvertido. Al comienzo de su crucifixión se le ofreció vino mezclado con mirra para amortiguar el dolor pero lo rechazó (Mt.27:34). Aquí, burlonamente se le ofrece vinagre en su sed y él se toma el doloroso cuidado de beberlo. En este breve momento de palabras y actos vemos la historia entera de la “sed” amorosa de Dios en el mundo, representada por los mismos actores que la han representado desde la creación: un Dios amoroso y una humanidad errante. Es una sed tan grande que sólo el acto o gesto, la palabra desde la Cruz, sólo el acto de beber el vinagre podría dar a entender adecuadamente la profundidad y significado preciosamente guardados en las palabras del Salvador “Tengo Sed”.

[8] Nuestro rechazo al amor de Dios ha traspasado hasta la fuente de ese “superabundante amor” (Juan Pablo 11, 26 de octubre de 1988), revelando una “sed” por nosotros que va más allá de lo que pudiéramos imaginar; y abriendo las compuertas de ese amor para saciar nuestra propia sed a un grado que va más allá de lo que hubiéramos podido esperar. “Los humildes y los pobres buscan agua, pero no hay nada. La lengua se les secó de sed. Yo,... les responderé,...Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas (Is.41:17-18). Desde el corazón de Jesús, fuente y símbolo de amor expresado en la palabra de su sed y en la Madera de su Cruz, fluyeron las redentoras sangre para saciar la sed de Dios por el hombre y agua, para saciar la sed del hombre por Dios. “Todo está consumado”, para que todo pueda comenzar de nuevo. En la sed de Jesús en la Cruz todo está consumado, y en la siempre presente sed de Jesús de derramar las aguas vivas, todo comienza de Nuevo. Él conocimiento de este misterio llegó a ser el reto y esperanza de Madre Teresa: traer a todo “Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida” (Apoc. 22:17).